Variables y Constantes

Mi primer año a nivel facturación fue muy bajo: pocos clientes, pocos trabajos. De los 12 meses del año, había facturado sólo 4, de los cuales no me quedaban más que gastos, aunque a nivel personal, fue el año que más extraño.

Pasar de año calendario me dio esperanzas. Si bien venía de un año muy bajo, todavía estaba viva, ¡que era bastante! y con muy pocas deudas: me sentí poderosa. Entonces para mi segundo año empecé a planificar resultados, y si bien me daban miedo esos cuadraditos en blanco, y más aún, los cuadraditos que yo llenaba con números estimados, sentí que si me ponía las metas las iba a poder cumplir, y aunque no cumpliera con ellas al 100%, igual iba a estar contenta porque para mí, dedicarme a lo que me gustaba, era todo ganancia. Me puse de nuevo en campaña, mandé mails a contactos, actualicé mi portfolio, invertí en mi página web, seguí con los cursos, me anoté en otros, conocí más gente, empecé a trabajar en lugares de networking aunque al final a mi, nunca me funcionaron.

Ese año fue todo lo contrario al primero y si bien tardó un poco en empezar a “girar la rueda” (casi a mitad de año), laburé como nunca, aún más que en los dos últimos años trabajando en relación de dependencia. Como empezaba a tener mucha demanda tuve que empezar a terciarizar trabajo. Por supuesto empecé con mis amigos emprendedores y algunos que hacían changuitas extra del laburo. Empecé a tener muchas cosas en la cabeza: mi trabajo, el terciarizado, muchos más gastos, más reclamos de pagos, más declaraciones juradas, etc. En un momento estuve cansada, agotada, pero siempre destaco que nunca fue un agotamiento mental, sólo fue físico. Aun así, me pasaba muchas horas trabajando casi sin tiempo para mí.

A pesar de todo, el segundo año fue el que me fortaleció. Decidí ponerme horario, terminar a las 6, contestar mails al otro día si no eran urgentes, empezar yoga, dormir y descansar. Esto lo tuve que hacer de manera paulatina porque yo ya había acostumbrado a mis clientes a tener un gran sentido de la urgencia, así que eso no lo podía perder. Era simplemente ir ajustando los niveles de a poco.

Cerré un muy buen segundo año y logré ganar plata, que por supuesto ahorré y puse en un plazo fijo para tratar de ganar algunos pesos más. Estaba muy contenta con lo que había logrado pero el cansancio se me vino encima y necesitaba vacaciones.

El tercer año lo empecé más tranquila: ya había transcurrido los dos momentos picos de mi trabajo, fui de lo que yo consideré 0 (cero, el primer año) a 100 (cien, el segundo año), así que esperaba un poco de ambos lados. Para este entonces tenía un promedio de facturación estipulado, estaba cobrando trabajos ya entregados y tenía lo que otras personas llamarían un “sueldo”, aunque todavía hoy tengo problemas para explicarle a la gente la diferencia entre sueldo y ganancia.

La nueva organización mental que había conseguido me dio más tranquilidad. Creo que los años, las cosas que me pasaron y las nuevas experiencias habían surtido efecto y me habían dado una visión más clara y unas ganas renovadas de hacer las cosas. Ese año empecé a estudiar maquillaje, me enamoré del yoga, la respiración y la meditación. También me hice tiempo de meterle pilas a un proyecto que teníamos con mi marido de irnos a vivir a Australia.

 

ALGUNAS CONCLUSIONES

  • Los años no vienen solos: Las experiencias de lo que vivenciamos se traducen en calma y pensamientos que nos ayudan a la hora de tomar decisiones, a ser flexibles, a pararse en otros lugares y a mirar desde ahí.
  • Abraza el cambio. El cambio es lo único constante que vas a tener en este camino.
  • El éxito no se mide en números o versus los otros. Para mí, el verdadero éxito es el que se logra de hacer lo que uno quiere, de resolver tu propia vida, de poder elegir y ser coherente con lo que elegís. Sobre todo de vivir tranquilo, de estar rodeado y tener tiempo para aquello (y aquellos) que nos hacen bien.

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